Crónicas de una terapeuta en autismo.
Cuando comencé este camino, jamás imaginé llegar a donde estoy ahora, ni logro dimensionar el impacto que ha tenido en mi vida ser parte de una comunidad tan diversa.
Cada niño, niña, adolescente y adulto me ha mostrado aspectos de mí misma que ni siquiera había hecho conscientes, y me llena de curiosidad pensar cómo perciben el mundo desde su mirada.
Hubo un tiempo en el que llegué a creer que yo también estaba dentro del espectro. Empecé a notar lo mucho que me molesta el ruido del carro camotero, el rechinar del unicel o del gis al tocar el pizarrón. Recordé lo profundamente que me calma mecerme en una hamaca o columpiarme, y lo mucho que detesto ciertos alimentos: las vísceras, los mariscos… incluso lo mal que me cae el plátano.
Años atrás, me costaba mucho trabajo socializar. ¿Salir de fiesta o ir a un bar? Ni pensarlo. Ahora que lo he experimentado, entiendo que no fueron malas experiencias, pero sigo prefiriendo los planes tranquilos.
Y pienso: ¿lo observé y lo aprendí, o simplemente crecí y me desenvolví?
Hoy me cuestiono cuál es realmente la diferencia entre una persona autista y una persona neurotípica. Sé que existe una base neurológica, pero me pregunto hasta qué punto también es parte de la personalidad.
Este andar lo inicié con niños, pero la realidad es que mi Helen marcó un antes y un después, no solo a nivel profesional, sino también personal. Conectamos, nos adaptamos, aprendimos a leernos y a entendernos sin palabras. Basta una mirada para saber cómo se siente.
Me siento muy afortunada de ser su terapeuta, porque en el proceso de conocerla, también aprendí a conocerme. Agradezco sus muestras de cariño tan esporádicas, su confianza, sus sonrisas y lo demandante que puede llegar a ser cuando cambio mi foco de atención.
Acompañarla me ha permitido conocer a más personas dentro del espectro, y qué dicha tan grande es que me brinden su confianza para guiarlos, pero sobre todo, para acompañarlos en un mundo que aún carece de empatía y sensibilidad.
Ellos y ellas son una de mis mayores motivaciones cada día:
Cantar con Pau canciones de Ricky Martin, platicar con Luis sobre la Segunda Guerra Mundial, que Ana Vicky se acerque para trabajar en cocina, que Sebastián me permita tomarlo de la mano, que Diego me salude al llegar y se despida con una sonrisa al salir. Escuchar a Van decirme: “Me caes muy bien, Miss”, recibir las sonrisas de Azul, compartir con Cami el gusto por los libros o sentir la confianza de Valeria cuando me toma del brazo, aunque no tolere el contacto físico.
¡Pfff! No tiene precio. Y aun así, soy la más rica, porque su cariño vale oro.
Gracias por dejarme ser con ustedes.
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