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Carta para Javo, en tu cumpleaños.

Javo, hoy no sé si las palabras me alcanzan, pero necesito escribirte. Es tu cumpleaños, y aunque ya no estás en este plano, yo sigo sintiéndote cerca en formas que no siempre entiendo. Lloro, porque te extraño. Lloro, porque a veces todavía me duele lo que no se pudo, lo que quedó suspendido entre nosotros. Pero también lloro de gratitud, porque el tiempo que compartimos, aunque breve, fue verdadero y dejó huella en mí. Sé que últimamente se han cruzado caminos extraños: Eli, el mariachi, personas que te conocieron y ahora se acercan a mí. No sé cómo llegaron hasta aquí, pero en el fondo siento que eres tú moviendo esos hilos. Y aunque a veces me asusta, también lo tomo como tu manera de decirme que no inventé lo que vivimos, que fui parte de tu historia tanto como tú lo fuiste de la mía. Hoy quiero regalarte mi recuerdo limpio, sin culpa, sin esconderme. Ojalá donde estés puedas escucharme: te sigo queriendo, sin esperar nada, solo como quien honra lo real. Feliz cumpleaños, Javo. Qu...

Tú también lo sentiste, ¿verdad?

Hay frases que no se escriben para  alguien, pero alguien las lee y  se queda callado porque duelen  igual.  No me hablaste.  No dijiste nada.  Solo tocaste la herida con el corazón.  Como si me dijeras, en silencio, "yo también".  Yo también sé lo que es escribirle  a alguien que no vuelve.  Yo también he sentido ese vacío  donde antes había respuesta.  Yo también he dejado pedazos  míos en palabras que quizá nunca  fueron leídas.  O peor aún: fueron leídas... y no  bastaron. No compartimos una historia,  pero compartimos el lenguaje del  duelo. Del amor que no se concretó.  Del silencio lleno de preguntas.  Y tal vez por eso, nos leemos.  No porque haya un "nosotros",  sino porque hay un "yo también".  Y eso... eso es compañía.  Silenciosa.  Real.  Profunda. 

Querido papá:

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Hoy es el Día del Padre y quiero aprovechar esta fecha para decirte algo que tal vez no digo muy seguido, pero que siento con el corazón: te amo mucho y me siento profundamente orgullosa de ti. No siempre ha sido fácil expresarnos, y tú siempre has sido más reservado, más de actos que de palabras. Pero en esos actos encontré mucho amor: en las veces que me ayudaste con mis maquetas, en los paseos en carro con música (aunque no siempre estuviéramos de acuerdo en qué escuchar, jaja), en las vacaciones en la playa donde me estresaba porque te metías muy profundo al mar, o en ese concierto donde terminamos empapados por la lluvia, pero felices. Recuerdo cuando me llevabas paletas de reloj y de arcoiris, cómo te emocionabas con los coches, tus gorras, tus cangureras... y ahora, lo guapísimo que te ves con tu uniforme de chef. Me encanta compartir un café contigo cuando te visito y ver lo mucho que has cambiado con los años. Antes eras más enojón (ese "cara dura" inolvidable), pero...

Enferma, pero conmigo.

 Hola, pequeña. Te vi. En medio del sueño, ahí estabas. Pequeña, suave, frágil... blanca y negra como las cosas que no siempre son claras en mi vida, pero que aún así merecen ser vistas con ternura. No te movías mucho. Estabas ahí, acostadita, como si hubieras  aprendido a esperar en silencio.  Como si entendieras que a veces me olvido. Pero tú no te fuiste. Sé que estabas enferma. Y eso me  dolió. Me dolío verte retorcerte un poco, sin hacer ruido, sin reclamar nada. Me dolió darme cuenta de que,  aunque te tengo, a veces te olvido.  Como si la costumbre de no cuidar, o de no cuidarme, hubiera apagado el  reflejo de mirar hacia abajo del todo, donde estás tú, acostada sobre ese tapetito. Pero hoy te recuerdo. Y en este espacio, quiero decirte gracias. Gracias por no irte, por esperarme. Por seguir respirando, aunque sea lento. Por mostrarme que hay algo en mí que no ha muerto del todo, aunque esté cansado. Algo que  solo necesita que me detenga y...

Queridas versiones de mí.

Hoy quiero tomarme un momento para agradecerles. A cada una. A todas las que fui, incluso a las que a veces preferiría olvidar. A las que tuvieron miedo, a las que amaron con el alma abierta, a las que callaron cuando debieron hablar, y a las que gritaron su verdad aunque temblaron por dentro. Gracias a la versión de mí que se esforzó por encajar, porque me mostró qué no soy y cuánto valgo por ser auténtica. Gracias a la que se rompió, porque en cada pedazo encontré semillas de fuerza que luego florecieron. Gracias a la que dudó, porque esa incertidumbre me llevó a hacerme preguntas necesarias. Gracias a la que perdonó, incluso cuando no recibió disculpas. Gracias a la que se sostuvo cuando todo se tambaleaba.  Agradezco a la que amó, intensamente, sin medida, aunque no siempre fue correspondida. A la que aprendió a poner límites, y también a la que los cruzó para entender su importancia. A la que fue madre, hija, amiga, compañera, y también a la que se sintió sola, porque en esa s...

Para Javo, mi rayo de luz.

Te apareciste en mi vida como lo hacen las canciones favoritas:  sin aviso, pero quedándote para siempre. Tu voz, tu risa, tu forma de decirme "corazón",  fueron abrigo en días inciertos, alegría inesperada.  Nos unió algo que no pidió permiso,  algo que no necesitaba explicarse para sentirse verdadero. A veces me cuesta aceptar que ya no estás. Que aquel mensaje, que aquella videollamada,  fue la última.  Pero también sé que quienes brillan como tú,  no se apagan: se transforman en memoria viva,  en notas musicales que aparecen de pronto, en ese pensamiento cálido que me acaricia el alma. Aún escucho "miel" y me viene tu ternura,  aún suena "si esto fuese realidad" y me digo que, de algún modo, lo fue. Porque aunque el tiempo fue corto,  el cariño fue inmenso. Hoy te honro con palabras, porque fuiste un regalo. Porque incluso en tu ausencia. sigues siendo presencia. Porque fuiste rayo de luz, y yo no olvido lo que me iluminó. Gracias po...

Carta para sanar a mamá

Querida mamá, Te elegí como el canal para vivir esta experiencia humana. Estás aquí porque eras justo lo que necesitaba para este camino. Por eso, hoy elijo estar conmigo misma, y comprometerme a sanar nuestro linaje femenino. Hoy decido mirarte con más amor, con más gratitud y una comprensión profunda. Dejo atrás los juicios y las expectativas, porque la verdadera sanación comienza cuando dejo de intentar cambiarte. Me permito ver tus elecciones, tus palabras, tus actos, y entender que hiciste lo mejor posible con lo que tenías, y que también eras humana, con tus propios miedos e incertidumbres. Hoy te honro y respeto tu vida tal como fue, y te agradezco por haberme dado la mía. Te libero de cualquier rol o etiqueta que consciente o inconscientemente te impuse, y de cualquier carga que no te correspondía. Asumo mi responsabilidad y elijo sanarme. Te agradezco por enseñarme a ver el mundo desde niña, pero ahora elijo verlo desde mi propia perspectiva, para poder vivir la vida que me co...